martes, 11 de marzo de 2008

Tiempos de capote y espada

Imaginemos dos tipos de toreros. El uno, preocupado por la lidia técnica, tradicional, por el arte del toreo, el purista, el que entiende la lidia como una manera de vivir, de sentir, una manera de tratar el toreo honrada, humilde, de espectáculo estético y espiritual, un torero de magia, de duende, de arte. El otro, un torero mediático, más preocupado por el espectáculo, por el papel cuché, y por dar volteretas, mostrando arrojo ficticio, sin respeto a las normas, a las reglas, a la tradición. Un torero que busca el aplauso fácil, que potencia una visión circense de la Fiesta Nacional, que para él ni es fiesta (sino negocio) ni es nacional. Las parroquias de cada torero, como es lógico, son diametralmente opuestas. Mientras unos esperan pacientemente la faena mítica, la culminación del arte de domar a la bestia sin olvidar la tradición, la técnica, la honradez, y el respeto al adversario animal, los otros se reúnen para ver al torero que sale con fulanita, y las unas le tiran sujetadores, y los otros le aclaman cuando salta encima del toro o besa sus pitones. Mientras los puristas valoran cómo el torero de arte se arrima, y se juega la vida en cada pase, cruzándose con el astado en el medio de la plaza, desmayando los pases, y mirando fijamente a los ojos de la bestia, el resto valora el ficticio juego circense, creyendo de buena fe que el bombero "torero" arriesga su vida, cuando en realidad ni se cruza, ni se arrima, ni corre más riesgos que cualquiera de nosotros al ponerse delante de semejante fuerza de la naturaleza. A ambos se les presupone valor, pero uno suma tradición y respeto a la lidia, y el otro se conforma con el coraje, y lo explota. En definitiva, el uno arrima la Verdad al coso y el otro la Propaganda. Y la parroquia del "Niño de la Verdad" cree en la faena soñada, aspira a engrandecer la fiesta y a mejorarla desde el respeto a la tradición, al arte, a la libertad. Pero sistemáticamente, a pesar de su fidelidad, a pesar de seguir al torero por toda España y pagar religiosamente sus entradas, ve cómo su matador se arruga cada vez que comparte cartel con nuestro torero circense. Lejos de sacar su arte para dejar bien a las claras las diferencias en el toreo de uno y otro matador, nuestro torero purista trata patéticamente de dar volteretas para atraerse a parte del público contrario, para mendigar una oreja, cuando desplegando su arte podría salir por la puerta grande. Y una y otra vez, la parroquia marcha cabizbaja a la espera de la faena soñada, pero sin perder un ápice de esperanza, pues cree y creerá siempre en la lidia verdadera. Y espera paciente, llenando la mitad de las plazas, a que nuestro torero despierte, se plante en el medio de la plaza, y despliege todo el toreo que lleva dentro. Y en esta hora incierta, en la que las plazas adoran al "torero de revista", se hace más necesario que nunca afianzar a la propia parroquia. Es hora de arrimarse, trincar el capote, echarse al ruedo y dejarse el alma en cada pase, en cada suerte, desmayando la muñeca, con los ojos vueltos, en trance, desnudando el alma, dejando a las claras que, para engrandecer el toreo, hace falta mucho más que cotilleos, volteretas y escándalos. Es hora de fajarse, de cruzarse con el animal y envolverlo, llevarlo, domarlo, y salir por la puerta grande. Es hora de dejar a un lado estadísticas, escalafones, sondeos de pañuelos blancos. Es hora de responder a esa parroquia que, año tras año, paga sus entradas en la confianza de la faena perfecta y se ha venido conformando con algún atisbo de clase, con algún natural, con alguna chicuelina. Porque el día que eso ocurra, no será la mitad de la plaza la que saque los pañuelos blancos, sino la inmensa mayoría del respetable. Así que, si quiera sea por la Libertad y por la Fiesta, maestro: ¡Suerte y al toro!

lunes, 3 de marzo de 2008

El Liberalismo en España

¿Existe en España un partido político libre de tendencias socialistas? Cierto que existe un partido antagónico al PSOE. Cierto que parte de sus políticas se podrían encuadrar en el ideario liberal. Pero ¿existe un contrapeso ideológico claro a las ideas intervencionistas? Más bien lo que existe es un consenso tácito mediante el cual nadie se opondrá a las líneas maestras socialistas en materia de gasto social, "cultura", planteamientos "de género”… Como contrapartida, la izquierda mirará hacia otro lado en políticas fiscales y de corte económico. Eso sí, sólo hasta que éstas surtan efecto y generen riqueza, puesto que después sólo el pensamiento socialista será el que oriente la "redistribución" de medios económicos y culturales. Bajo esta premisa se ha venido desarrollando la política en España al menos en los últimos treinta años, sino antes. Y hasta la fecha, nadie ha osado contradecir el pacto no escrito entre nuestros políticos profesionales. Mientras en otros lugares del mundo, las ideas liberales se asumen como algo natural, pues no en vano son las únicas ideas que han producido un aumento mayor de riqueza para un número mayor de individuos, España sigue sumergida en tópicos antiliberales, en complejos de inferioridad, en falta de confianza en los argumentos de la sociedad libre. Seguimos buscando denodadamente soluciones a problemas ya resueltos por otras sociedades. Y nos resistimos como asnos a modernizar de una vez nuestras estructuras sociales. Es hora de que alguien recoja el testigo de la libertad en España y explique alto y claro que la mejor manera de prosperar es confiar en los individuos libres que forman una sociedad abierta, democrática. Necesitamos políticos que enarbolen la bandera de la confianza en los ciudadanos, que nos dejen respirar tranquilos para pensar cómo mejorar nuestras vidas sin necesidad de subsidios no merecidos y prebendas conseguidas bajo la coacción de grupos de interés. La desconfianza en la clase política nace de una clara frustración: la evidencia en el electorado de que todos prometen la creación de toda clase de derechos y ninguno lo hace, acaso porque es una expectativa demasiado ambiciosa para un político. El mejor trabajo en pro de la libertad es dejar que ésta fluya. No hay mejor político que el que entiende que su principal función es "no estorbar" el desarrollo libre de la sociedad, y garantizar que ningún elemento externo lo ralentice o lo impida. Menos subsidios inmerecidos, menos subvenciones para quien no lo necesita, más desgravaciones, más incentivos para todos. Menos leyes y más eficacia jurídica y judicial. No a derechos colectivos y sí a derechos individuales. Por último, ¿por qué ese empeño tan español en creer que un derecho sólo existe si el Estado interviene de manera activa en su "creación", desarrollo e imposición a los demás? ¿No debería el Estado limitarse a garantizar los derechos individuales sin entrar en nuestras casas, en nuestras vidas? Mete al Estado en tu casa, y, tarde o temprano, el Estado será tu casa. Limitemos el poder para aumentar la Libertad.

lunes, 25 de febrero de 2008

La responsabilidad del voto

Votar no es jugar. Las elecciones no son un reality en el que decidir si tal o cual personaje debe "abandonar" la isla. Un voto es una responsabilidad. Un voto es, por definición, una decisión temporal sobre una realidad actual y una posibilidad futura. Está sometido a la coyuntura del momento, a las circunstancias y a la objetividad del análisis del elector. No se trata de rendir culto sagrado a tal o cual partido. El voto cautivo es síntoma de democracias débiles. Cada vez que un votante se inclina por unas siglas como algo propio, inamovible, tradicional o de obligación familiar y social, está mandando un mensaje claro: no cree en la democracia. Creer en la democracia es creer que todo gobierno es temporal y limitado, y puede y debe ser cambiado si las cosas no funcionan de manera eficaz. Por definición, la democracia consiste, entre otras cosas, en eso mismo: en la posibilidad de derrocar al gobierno de turno sin derramamiento de sangre, o de manera traumática: la garantía de la alternancia en paz. Por eso, porque nos hemos dotado de un sistema democrático con elecciones periódicas, y posiblidades reales de alternancia en el poder, se debe apoyar sin fisuras un cambio si la ocasión lo merece. Desde esta óptica democrática, cualquier voto a ciegas es una muestra de debilidad del sistema, y cualquier apelación al voto tribal contra el otro, una muestra del carácter antidemocrático de la formación que lo pide. Todo ciudadano debe confiar en poder cambiar de gobierno si éste traiciona sus más elementales principios. No hay nada raro en ello, ni se debe ver como una "anormalidad", sino como una muestra de higiene democrática. No hay siglas perpetuas ni personajes infalibles. Antes al contrario, son los principios los que deben presidir la formación de la opinión previa a la decisión de votar una u otra opción, o, simplemente, no votar. Los principios que han de presidir la formación del voto son de suma importancia. Tales princpios se pueden resumir, sin perjuicio de más condicionantes, en:
- La exigencia de la defensa de la Libertad: defender que no existan derechos colectivos o de territorios, sino derechos individuales de los ciudadanos. Son las personas las que tienen derechos, no los territorios, ni las lenguas, ni las instituciones. Garantizar la Libertad, es garantizar la democracia.
- La exigencia de responsabilidad a los gobernantes. Este principio supone el castigo democrático a aquellos políticos que han utilizado y utilizan la MENTIRA como argumento constante. Es fácil detectar a un gobernante mentiroso: suele hacer lo contrario de lo que dice, y después, decir lo contrario de lo que había dicho, negando la evidencia. Supone también la certeza de que un gobernante que ha mentido y le ha salido gratis, volverá sin duda a hacerlo. Los políticos son auténticos depredadores y huelen la debilidad del electorado. Si le funciona, no cambiará.
- La exigencia a los gobernantes de anteponer los intereses generales del país a la continuidad del gobernante en el poder. Aquel político que ve con recelo la limitación de poder, es, en potencia, un peligro para la Libertad de los ciudadanos. ¿Cuántos de nuestros políticos tienen experiencia laboral fuera de la política?
- La exigencia a los gobernantes de la primacía del imperio de la Ley y el Estado de Derecho. Es vital para la supervivencia de una democracia liberal, abierta, de un Estado de Derecho en el que los ciudadanos sean iguales ante la Ley, que los gobernantes JAMÁS igualen a delincuentes con ciudadanos. No se puede permtir la exención temporal de la ley en aras a ninguna negociación. Los delincuentes, a las cárceles, la política, al parlamento. Ningún ciudadano aceptaría que la policía negociara con los violadores para que dejaran de delinquir, suspendiendo los juicios y las detenciones de éstos hasta que "verificaran" la intención de los violadores de dejar de violar. ¿Por qué hemos de aceptar sin embargo que el gobierno "negocie" con asesinos y aplique la Ley según el desarrollo de esa negociación?

Sin duda existen numerosos principios además de los expuestos, que tendrán mucho peso a la hora de determinar el voto de los ciudadanos: economía, gasto social, libertad de enseñanza, etc. Pero, sin dejar de ser importantes, los aquí mencionados suponen los cimientos sobre los que construír un país próspero un país moderno, un país de libertad y de igualdad ante la Ley, que garantice la libertad de sus ciudadanos.

No me corresponde determinar si tal o cuál partido cumple con los principios aquí expuestos. Simplemente, creo que todos deberíamos reflexionar sobre qué modelo de país queremos para nuestros ciudadanos, para nuestas familias, y, después de comparar la realidad con los principios, votar en lógica consecuencia, sin prejuicios culturales, sin ataduras de siglas. Votar tan sólo en defensa de PRINCIPIOS que todo demócrata ha de defender de la única manera que se puede en tiempos de paz y prosperidad democrática: con el voto.

domingo, 10 de febrero de 2008

De cómplices, delincuentes y otra gentuza

La Coruña 8 de febrero de 2008, 20:00 horas. Un grupo de ciudadanos libres, pacíficos, previa solicitud a la Delegación del Gobierno, cumpliendo exquisitamente todos los trámites legales, se reúnen en el Obelisco coruñés para defender lo obvio: la LIBERTAD de poder elegir la lengua en la que quieren que sus hijos aprendan conocimientos básicos para su desarrollo. No se manifiestan contra lengua alguna, sino contra una legislación aberrante que impide a los padres la libre elección de la lengua vehicular de sus hijos. Sentido común. Pásense por la web de la convocante del acto, la Mesa por la Libertad Lingüística, www.libertadlinguistica.com y revisen sus principios. Infórmense, no lean periódicos ni opinión, infórmense.
Pues bien, en ese contexto, aparecen en la convocatoria legal un grupo de unas cien personas, sin autorización, es más, con pintas de no pedir permiso a nadie para nada, luciendo distintivos y lemas independentistas, gritando consignas naZis contra los ciudadanos que legal y pacíficamente estaban concentrados, identificando despectivamente a éstos como "fascistas", "españoles" y demás lindezas.
Es de reseñar que, sin previa solicitud, ya se habían personado en el lugar numerosos efectivos policiales, lo que nos indica que "alguien de arriba" ya sabía que los radicales independentistas harían acto de presencia en el lugar.
Puestos en situación, conviene recordar ahora ciertos aspectos siniestros de tal desarrollo de hechos:

1.- La Mesa por la Libertad Lingüística, organización convocante cumplió escrupulosamente todos los requisitos establecidos en la Ley Orgánica reguladora del Derecho de Reunión, derecho consagrado en nuestra Constitución española como derecho fundamental de especial protección.
2.- En esa convocatoria no se solicitó presencia policial, a pesar de lo cual, alguien de la autoridad gubernativa envió efectivos policiales antidisturbios al lugar, lo que indica la sospecha o evidencia de esta autoridad de que grupos organizados radicales iban a reventar un acto legal.
3.- A pesar de su presencia, en ningún momento los policías procedieron a disolver la concentración ilegal, limitándose a mantenerse en el medio de ambas, en una equidistancia entre delincuentes y ciudadanos que respetan las leyes, impropia del uniforme que visten.
4.-Una vez iniciado el acto por la MLL, los radicales impidieron de hecho el desarrollo del acto, gritando graves insultos, vociferando sin parar e impidiendo, por tanto el ejercicio de un legítimo y fundamental derecho recogido por la Constitución.
5.-La actuación policial, es decir, la dirección política de la policía, es decir, el Delegado del Gobierno, el señor Ameijeiras, en clara dejación de funciones, sino negligencia y prevaricación, no intervino para defender los derecho fundamentales de los convocantes legales, ni tan siquiera separó a los dos grupos, los delincuentes y los ciudadanos respetuosos con la ley, inculcando así gravemente lo dispuesto en el artículo Tercero, punto segundo, de la Ley Orgánica reguladora del Derecho de Reunión, que expresamente dice: "2. La autoridad gubernativa protegerá las reuniones y manifestaciones frente a quienes trataren de impedir, perturbar o menoscabar el lícito ejercicio de este derecho."
6.- La lógica consecuencia de todo lo anterior, fue la imposibilidad del acto organizado por la MLL, y, lo más grave, y directamente relacionado y causado por la negligente actuación del Delegado del Gobierno, la AGRESIÓN BRUTAL de radicales independentistas al joven Secretario General de Nuevas Generaciones del Partido Popular en La Coruña, a quien agredieron mientras se disolvían la concentraciones, y en presencia policial.
7.- Pero con diferencia, la más ignominiosa actuación fué la de la prensa local, al servicio del gobierno naZionalsoZialista de Galicia, que, a pesar de estar algunos en el acto, informaron tendenciosamente a los ciudadanos en sus periódicos: La Opinión de A Coruña, El Ideal Gallego, y por omisión, La Voz de Galicia (que dió una cobertura ridícula, como siempre hace con quienes no siguen los dictados del poder). Informaciones sesgadas, volcadas en apoyar y dar una imagen de víctimas de los AGRESORES NAZIS, lo que nos sitúa en la triste realidad gallega: todos remando a favor de un naZionalismo identitario y obviando y vilipendiando a aquellos ciudadanos que, lejos de someterse cobardemente como los medios de comunicación citados, luchan cada día, arriesgando su integridad física, porque en Galicia siga prendiendo la llama de la LIBERTAD.

Tomemos nota y actuemos en consecuencia. Saludos liberales.

lunes, 28 de enero de 2008

Listas y listos

El lamentable espectáculo ofrecido por el alcalde de la capital de España, en su eterna aspiración de suceder al vencido, incluso antes de la batalla, no es sino el lógico resultado de un sistema de partidos en el que prima más el puesto que lo que el político piensa hacer en él. No de otra manera puede entenderse que una persona que acaba de ser elegido ¡alcalde de Madrid! se sienta "derrotado" por no ir en unas listas al Congreso de los Diputados. No es criticable la ambición aireada por el señor Gallardón. Es legítima. Lo que no es de recibo es que, con la que está cayendo en España, no demuestre ni el más mínimo atisbo de sacrificio por su partido y por su patria. No es de recibo que anteponga su ambición personal al proyecto de España que el PP representa. Con su amago de retirada de la política ¡por no ir en unas listas siendo alcalde de Madrid!, con su contínua estrategia de guiñar el ojo al enemigo político para situar a sus compañeros de partido fuera del tablero de la modernidad, es tentador pensar que algunos tienen más vocación de servicio hacia ellos mismos que hacia las personas que, en teoría, representan.
Muchas personas se parten dialécticamente la cara en defensa de la Libertad, de la nación española y de la democracia. En los bares, en las cafeterías, en las peluquerías, en el trabajo. Y lo hacen anónima y desinteresadamente, sin la protección de un puesto en el congreso o en el ayuntamiento de turno, arriesgando una mala contestación, una enemistad, o incluso un despido, que de todo hay en la viña del sectarismo izquierdista. ¿Qué respeto se le ha mostrado a esa gente que da la cara por sus ideas y valores? Si el alcalde de Madrid llora no ir en unas listas en lugar de sentirse privilegiado por ocupar uno de los puestos más relevantes de la política española, desde donde servir a los intereses de los ciudadanos, ¿qué ha de hacer aquél que se bate todos los diás anónimamente en las calles en defensa del mismo partido que dice el alcalde representar?
La ambición en política no sólo es legítima, sino que es moneda común. Cuestión diferente es que esa ambición acabe fagocitando incluso al personaje, haciéndole olvidar que la política debe ser siempre una vocación de servicio al ciudadano, y nunca una profesión al servicio del ego personal, o del poder. No quisiéramos muchos tener esa convicción del personaje, pero no nos toca a nosotros demostrar lo contrario.
A veces, la reacción en la derrota es más clarificadora aún que la gestión de la victoria. De la gestión de una derrota se extraen conclusiones muy esclarecedoras de las verdaderas intenciones y valía del aspirante. Si cae derrotado, lo asume, elogia al contrario, y se pone al servicio del compañero victorioso, no sólo no habrá perdido el futuro, sino que muy probablemente lo habrá ganado. Si por el contrario, no asume la derrota y grita a los vientos que "el árbitro estaba comprado", ya sólo podrá aspirar a ser considerado un recuerdo grato de lo que pudo ser y no fué.
En última instancia, breve es el tiempo que ha de transcurrir desde la derrota para ofrecer la imagen de buen perdedor. Tan breve como la excelente oportunidad, siguiendo el símil futbolístico, de redirmirse en el partido decisivo, en la final, mostrando a todo el mundo que, a pesar de calentar banquillo, siempre será fiel a la camiseta que defiende, y, respondiendo a quien le pregunte insistentemente por su suplencia (generalmente la prensa del equipo contrario, en la eterna estrategia de desestabilizar el banquillo del rival) aquello de: "lo primero es que el equipo gane, a mí sólo me toca seguir trabajando duro para volver a ganar la confianza del míster". Ésa es la mejor senda para volver a la primera línea: fidelidad, trabajar en silencio, esperar tu oportunidad, y saber aprovecharla. Sacrificio y mérito.
Los impulsivos, aquellos que vociferan ante la suplencia en el partido decisivo, que critican al compañero que ocupa su hipotético lugar en el campo, acaban siendo mal vistos en el propio vestuario, generan inestabilidad, y acaban siendo, por norma general, el principio del fin de los grandes equipos. Por el contrario, los pacientes, los que a pesar de todo apoyan al equipo ante una final decisiva, los listos, acaban entrando con fuerza, algún día, en la lista de titulares.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La Libertad como Nación

No hay nación más grande que aquella que no te pide nada a cambio para pertenecer a ella. En este sentido, la nación ha de ser un oasis de Libertad, siendo éste el principal valor que germina en la unidad de sus gentes en torno a la idea de ciudadanía. Si el concepto de nación se "disfraza" de "obligaciones morales" se convierte, indefectiblemente, en un concepto opresor, intolerante y liberticida. Y eso y no otra cosa diferencia el patriotismo del nacionalismo: el uno defiende el legítimo orgullo por lo cercano, pero sin desatender el principio de Libertad, de ciudadanía, anterior y superior a la nación misma; el otro, exprime la diferencia, la exigencia de patrones que todos debemos cumplir si queremos ser etiquetados como "buenos gallegos", por ejemplo.

Para el triunfo de la filosofía nacionalista, la coacción moral se hace obligatoria, y se resume en una frase tristemente escuchada actualmente en Galicia, y que rezuma totalitarismo: "vivamos como gallegos". A esta desafortunada frase cabría oponer otra que reflejara al individuo, al ciudadano, por encima de la tribu y que sería más acorde con lo que hoy representa una nación como España: vivamos como hombres libres, sin ataduras ni etiquetas.

Conviene desgajar de la idea nacionalista la idea de amor a lo propio, a lo cercano. Estúpido sería no sentirse cercano al lugar donde has nacido y crecido. Pero de ahí a pretender hacer de eso una especie de totem mitológico que ha de guiar nuestra vida hay un abismo tras el que se esconde el odio, la intolerancia y el totalitarismo. La idea de nación entendida bajo la vieja premisa, territorio, lengua y sangre, es, digámoslo con claridad, una aberración, una ideología llena de odio, de negatividad, y cuyos resultados han sido evidentes a lo largo de la historia.

El concepto nacionalista de nación o país necesita para sobrevivir de la ausencia de Libertad. Se trata de una visión homogeneizante de la sociedad, purista, racista incluso. A menudo escucharemos a los dirigentes nacionalistas frases como: galicia para los gallegos, lengua propia, cultura propia, incluso "pensamientos" propios. Su mensaje tratará siempre de establecer cánones de buen gallego, buen vasco o buen catalán. Ellos dictarán qué se puede hacer y qué no se puede hacer, qué autores se pueden leer y cuáles han de ser silenciados. Todo individuo independiente es sospechoso de no ser "de los nuestros", de ser un traidor. Poco importa lo que diga, el talento que tenga: lo primero es el filtro de la tribu, de la lengua, de la cultura única.

Toda la idea del nacionalismo descansa en la negación del individuo como ciudadano libre. Libre de usar la lengua que le plazca, de sentirse como le venga en gana, y de elegir libremente sus opciones políticas. Es evidente que ningún nacionalismo sobrevive sin opresión. Ejemplos en el norte de España, nos sobran por desgracia. Pero, para aquellos que basan la organización política y social de un estado en el pragmatismo, para aquellos que piensan que es mejor "remar" para casa y mirar hacia otro lado cuando toca ser solidario, para aquellos que creen que se debe preocupar exclusivamente de lo de casa y obviar y aún vilipendiar a los demás, para todos ellos, el nacionalismo ha demostrado, también en eso, un fracaso total.

A lo largo de la historia hemos visto que el auténtico progreso económico y social se ha basado en la cooperación, en el mercado, en la Libertad, en la confianza. A la larga, el nacionalismo hace de sus territorios una isla económica, más preocupada por no "perder su identidad nacional" que por abrirse al mundo y progresar junto con otros territorios. Tiende al aislacionismo, a la autopromoción (otra vez de moda en Galicia), a sacralizar los productos autóctonos aún cuando existan otros mejores y más baratos, a poner trabas a los productos de "fuera" con etiquetados o campañas públicas orientadas a la subvención de lo propio, aún cuando sea ineficiente. En definitiva, el nacionalismo, más temprano que tarde, desemboca en decadencia no sólo social, sino también (y acaso como consecuencia de la anterior) económica.

Toca, pues, defender, una vez más, lo obvio: la Libertad y la cooperación en forma de afecto, de unidad, de apertura, de progreso. Toca reivindicar un concepto de nación cuyos cimientos se basen en dos premisas: Libertad y Justicia. No hay más nación que la que nos permite ejercer una ciudadanía libre, la que nos permite movernos y sentirnos en igualdad de oportunidades, la que nos permite ser tratados en igualdad jurídica para los mismos supuestos, la que nos garantiza derechos individuales inalienables como la vida, la libre elección de nuestra conducta moral, de nuestra educación, de nuestra manera de expresarnos, de nuestra lengua. Una nación que, lejos de excluír el legítimo amor hacia lo que nos es más cercano, lo potencia sobre la base de que, precisamente la suma de todo ello, tiene como resultante algo más grande, que nos permite vivir más libremente, y más cómodamente. Hoy, esta nación de Libertad, de Igualdad ante la Ley, de respeto a los demás, a su diversidad, y de solidaridad entre sus gentes, tiene un claro nombre y es necesario reivindicarla: España.

viernes, 12 de octubre de 2007

Discurso 12 de octubre en La Coruña (Coruña Liberal)


Queridos compatriotas,

Hace más de cinco siglos, un 12 de octubre, un grupo de héroes culminaba una aventura que cambiaría para siempre la historia de la Humanidad. Y lo hacía en nombre de un pueblo, de una cultura, de una nación. Cinco siglos después, nosotros recibimos el legado de aquellos héroes. Recibimos y honramos una cultura presente en todo el mundo, una lengua hablada por cientos de millones de personas, a un lado y a otro del océano que nuestros descubridores cruzaron. Y tras cinco siglos, hoy nos enorgullecemos de haber superado duras pruebas y de haber logrado una convivencia democrática, en paz y en Libertad. Una convivencia de ciudadanos libres e iguales ante la Ley, amparados por la Constitución de 1978 y unidos en torno a nuestra bandera y nuestro Rey. Porque eso es precisamente lo que simboliza la bandera que tenemos ante nosotros: Libertad, Unidad, Democracia y Justicia. Muchos esfuerzos y grandes sacrificios han sido el triste peaje que hemos debido sufrir para llegar a este momento histórico que empezó hace casi treinta años. Y esto ha sido un trabajo de todos. Porque la nación somos todos. Hoy, ante esta bandera, se hace necesario defender lo obvio. Se hace necesario defender que los símbolos de la nación a la que tenemos el orgullo de pertenecer no entienden de circunstancias políticas, ni de intereses espúreos. La bandera que ondea ante nosotros no excluye a nadie, no resta, no divide, no otorga privilegios, no merma la libertad. Antes al contrario, la bandera que nos une, la corona que nos representa, tienen un significado bien distinto. Son símbolos de Unión, de Convivencia, de Democracia, de Libertad y de Igualdad entre sus gentes. Representan una España, una nación, de la que nos sentimos legítimamente orgullosos. Hoy, España representa un concepto de sociedad abierta, libre, moderna, democrática. España es el resultado natural de siglos de brillante historia común, a la que tan profusamente han contribuído personas y gentes de todos sus rincones. Se hace necesario invocar aquí, en este rincón español del noroeste, en nuestra querida Galicia, en nuestra hermosa y liberal Coruña, la grandeza de nuestra cultura común, y de los personajes gallegos sin los que es imposible comprender nuestra España como Valle, como Don Camilo o como la gran Rosalía, por citar sólo algunos ejemplos.

Queridos compatriotas,

No creo escandalizar a nadie si afirmo que estamos ante un momento trascendental de nuestra historia. De un tiempo a esta parte venimos observando síntomas preocupantes de degeneración de la convivencia. Asistimos a un permanente cuestionamiento de los elementos que nos unen y a una exaltación cada vez más agresiva de consignas que nos dividen. Hoy, se esconde nuestra bandera y se cuestiona nuestra historia y nuestra misma existencia. Incluso hay quien personaliza sus odios contra nuestro más alto representante, contra nuestra corona. Y permitidme que hoy, en el día de nuestra nación, de nuestra cultura, en el día de España y de la Hispanidad, haga público un homenaje expreso hacia su más alto representante, su Majestad el Rey Don Juan Carlos. Su labor y su trabajo, su fe en España y en su progreso, su generosidad y empeño en que nos dotáramos juntos de un sistema democrático, moderno y de convivencia en paz, es y será siempre reconocido por todos los españoles.

Queridos compatriotas,

Honrar nuestra historia común, nuestros símbolos y nuestro modelo de convivencia, es honrar a todos y cada uno de los españoles, sin distinción de credo, ideología o condición. Todos somos España. No hay mejor síntoma de progreso y modernidad de una nación que conocer y honrar su historia, sus gentes y sus símbolos, de una manera tranquila, serena, pero también orgullosa. Decir España es decir los ciudadanos que la forman, cada uno con sus peculiaridades, con sus tradiciones, pero todos unidos para avanzar con más fuerza, para progresar, para convivir en armonía. No hay en el concepto de nación española una idea negadora e intolerante, sino un tronco común compartido por todos, enriquecido por la diversidad de sus gentes. Por ello, es para mí un honor poder expresar públicamente mi orgullo por pertenecer a esta gran nación. Creo hablar en nombre de todos los presentes cuando expreso mi firme voluntad de seguir escribiendo juntos páginas de nuestra historia. Creo que todos, absolutamente todos, somos importantes en nuestro común proyecto. Creo que es hora de abandonar las hipotecas, los lastres, y luchar por aquello que con tanto trabajo conquistamos hace casi treinta años. Defender hoy España y sus símbolos es defender la Libertad y la Democracia.

Hoy, 12 de octubre, no quiero acabar estas humildes palabras sin hacer una última reflexión. No quisiera dejar pasar la oportunidad de rendir un sentido homenaje a todos aquellos que creen en España, y que arriesgan su bienestar y a veces su vida, por defender la libertad de todos los españoles. Por ello, quisiera rendir un sentido homenaje, a las víctimas del terrorismo, asesinadas por el mero hecho de ser o sentirse españoles, a Regina Otaola, amenazada de muerte por no querer avergonzarse de la bandera española, a Albert Rivera, por defender la libertad de sentirse legítimamente español y catalán, y a todos aquellos que luchan diariamente porque no se impongan restricciones a nuestros hijos a la hora de expresarse en el idioma común de todos los españoles. De igual forma mi más sentido homenaje a todos nuestros militares y voluntarios que, en tierras lejanas, contribuyen a que muchas personas en el mundo identifiquen España con Libertad y con Justicia, y especialmente a las familias de aquellos que dejaron su vida en esa honorable labor.

Queridos amigos, hoy, 12 de octubre de 2007, quisiera que alzárais la voz a favor de todo aquello que nos une, a favor de la Convivencia, de la Unidad, de la Democracia, de la Libertad, de la Igualdad de las personas, que alzárais la voz para rendir homenaje a España, a su bandera y a su Corona. Por eso os pido que me acompañéis y gritéis conmigo:

¡Viva la Libertad!, ¡Viva el Rey!, ¡Viva España!